Reflexiones

LA CONSCIENCIA NO TE SALVA DE TU HUMANIDAD

Y con Humanidad me refiero a nuestras inseguridades, miedos, tristezas, vacíos, soledades o penas. La Consciencia no elimina ninguna de tus emociones. No hace desaparecer al sufrimiento. Sólo te hace Consciente de ti. De tus pensamientos. De tus sentires. De tus autoengaños. De tus reacciones.

Creemos que cuanto más nos conozcamos, cuanto más nos “trabajemos”, cuanto más “evolucionemos”, menos sentimientos dolorosos tendremos con el tiempo. Y esta creencia no es real porque está basada en la creencia, de nuevo, de que con la Consciencia, con la Evolución, con la Sabiduría, no cabe el sufrimiento. Que sólo cabe la felicidad.

Cada uno de nosotros somos un actor (la mayoría inconsciente de este papel que jugamos) con un tipo de personalidad concreto del que no nos podemos deshacer por mucho que lo intentemos. Por mucho que nos “terapieticemos”. Por mucho que despertemos. Por mucho que nos iluminemos.

Somos el fruto de las experiencias que hemos tenido, que tenemos y que tendremos.

Y esas experiencias no nos las podemos extirpar de la piel. Podemos reflexionar sobre ellas, comprenderlas, dejar de victimizarnos, dejar culparlas, responsabilizarnos de nuestra vida, pero sus secuelas, sus efectos secundarios, no nos los puede quitar nada ni nadie. Las llevamos con nosotros allá donde vayamos. Y hasta que no asumamos esto, hasta que no asumamos que somos lo que somos y que ya somos perfectos así, seguiremos en una lucha continua contra nosotros mismos. Por querer cambiar lo que no se puede. Por querer dejar de ser lo que somos. Con el dolor, la impotencia y la frustración que todo ello conlleva.

No está en nuestra mano controlar ni quienes somos ni quienes vamos a ser. No somos “CULPABLES DE” lo que llamamos defectos, imperfecciones.

Soy de las que creen que todo está escrito. Que siempre pasa lo que tiene que pasar. Me guste o no. Y que poco puedo hacer yo por modificarlo, por mejorarlo, aunque parezca que “si puedes soñarlo, puedes hacerlo” o cualquier slogan de estos que tanto daño nos hacen y que provocan que muchos vivan en una continua ensoñación. Hasta que se caen. Hasta que tocan con los pies en la realidad y la frustración les come vivos.

Es como si el personaje de una película creyese que puede cambiar el guión de ésta. No es posible.

¿No te da la sensación de que, aunque cambie el escenario, estamos siempre viviendo lo mismo? Y no me refiero sólo a lo de fuera, sino a nosotros mismos. A nuestra vida interna. A cómo la sentimos. A cómo NOS sentimos.

Mi mente puede buscar muchas causas. Muchos efectos. Puedo encontrarme decenas de heridas. Puedo etiquetarme de mil maneras. Puedo ir al pasado y hacerme un perfil psicológico a lo freudiano. Y lo he hecho. He sido experta en ello. Necesito muy poca información de la otra persona para sacar mi “diagnóstico”. Pero llega un punto en el que te das cuenta de que, aunque mi análisis pueda dar en el clavo, acaban siendo todo pajas mentales que poco tienen que ver con LA VERDAD. Ésa que está más allá del personaje. Más allá de nuestros traumas. Más allá de nuestra personalidad.

Yo he sido súper analítica conmigo misma (y con los demás). Mi mente era como un scanner que no paraba de recibir información con cada gesto, cada tono de voz, cada silencio, cada mirada, cada palabra, cada “manera de”. Y de ahí sacaba todas mis conclusiones, mis deducciones, mis PERCEPCIONES. Todo lo que había que cambiar. Todo lo que se tenía que mejorar. Todo lo que había que madurar. De dónde venía esa supuesta baja autoestima y por qué actuaba y era como era. Por qué elegía a las personas que elegía. Por qué me quedaba. O por qué me iba.

Pero esta mente tan analítica, tan psicológica, no tiene nada que ver con la Consciencia. Sólo forma parte de mi personalidad. Y por mucho que yo me crea que me conozco o conozco al de enfrente, en realidad, no sé nada de mí. Ni del otro. ¿Por qué? Porque cada instante estoy siendo una nueva persona. Estoy naciendo en cada momento. Pero mi mente, con todo su hiperanálisis, me hace creer que yo soy de tal o cuál manera y que así voy a ser y sentir siempre. Y no es verdad, simplemente por el hecho de que ese SIEMPRE no existe. Como máximo puedo saber lo que he sentido, cómo he sido y cómo siento, cómo estoy siendo, pero ¿mañana? ¿De aquí a cinco minutos? NO LO SÉ. Nadie lo sabe.

Vamos por la vida analizándonos tanto, catalogándonos tanto, que no nos permitimos ABRIRNOS al Todo.

Ése “cómo soy” con el que nos definimos es falso. Cada instante estás siendo como eres no como te crees que eres. Pero como lo asociamos a un instante anterior, le damos una continuidad. Hacemos real a ese personaje en el que nos hemos encuadrado.

Yo puedo estar viviendo una época en la que prefiera estar sola, pero eso no me hacer ser solitaria porque quizás mañana ese sentir se evapore y me apetezca todo lo contrario. Y yo soy la primera que me etiqueto, pero soy consciente de que yo no soy “eso” tan pequeño con lo que me he vestido.

Corremos el peligro de creernos que somos esas características de ese personaje. Corremos el peligro de, al creérnoslas, querer mejorarlas. Querer eliminarlas. Querer transformarlas. Corremos el peligro de no aceptarnos tal y como estamos siendo, sintiendo, en cada momento. Corremos el peligro de no Amarnos. Y, al no hacerlo, corremos el peligro de sentirnos vacíos, incomprendidos y solos. Y al sentirnos así, corremos el peligro de buscar (inventar) una causa a ese efecto que no tiene nada que ver con la Causa Inicial. Con la Causa Raíz. Con la Causa Verdad.

Así es como empezamos a hacer terapias, talleres, cursos, retiros… Así es como empezamos esa búsqueda espiritual. Y así es como la mayoría se queda enganchada a ella porque CREEN que su personaje, su personalidad, su “manera de”, sus emociones son un problema. Cuando el problema no es el problema sino el CREERTE que lo tienes.

Podemos hablar a muchos niveles de profundidad. Podemos quedarnos en las ramas, analizarlas, trabajarlas y sanarlas. Hasta que vuelvan a crecer… (siempre lo hacen). “Vida tras vida”. O podemos ir Más Allá. O podemos TRASCENDER esa rueda del samsara que tiene que ver con la evolución del personaje y nada que ver con la Consciencia. Con lo que realmente somos. Con la Vida. Con la Unidad.

Podemos COMPRENDER y ASUMIR nuestra Humanidad. Con todos los sufrimientos, vacíos, tristezas y soledades que la acompañan cuando lo hacen. Un cuando que no decidimos nosotros. Que no elegimos. Que no controlamos. Que no está en nuestra mano sino en la de DIOS (siendo DIOS la Vida absoluta, infinita y eterna). Comprendiendo que la Iluminación no es nada más que esta Comprensión de quienes somos más allá de ese “yo” (incluido el espiritual).

O podemos seguir poniendo nuestra atención en las ramas, en el personaje, en sus heridas, en sus creencias y en su personalidad. Y buscar nuestra salvación en la evolución de ese personaje, en la sanación de esas heridas, en la eliminación de esas creencias y en la perfección de esa personalidad. Salvación a la que llamamos Iluminación.

Casi todos quieren dejar de sufrir sin tener en cuenta que el sufrimiento forma parte de nuestra vida humana. Y que tendremos épocas que nos agradarán más y otras que nos agradarán menos. Pero que todas y cada una de ellas son perfectas porque así han sucedido. El juicio que hagamos de ellas no tiene nada que ver con la Verdad sino con nuestra mentalidad.

El hecho de que yo sea muy CONSCIENTE de lo que pienso y siento no va a hacer que piensa y sienta menos. Porque una cosa es la CONSCIENCIA y otra el PERSONAJE.

Y mientras creamos que la Consciencia, el Hogar, la Unidad, tiene algo que ver con el personaje y con mejorarlo, seguiremos anclados en esa rueda que sólo gira en esta vida porque no existe ninguna otra vida más. Aunque en la película, el actor INTERPRETE que reencarna en varias.

No te culpes por estar sintiéndote de una determinada manera que no es la que tildan de “correcta, abundante, consciente o evolucionada”. Es Vida también. No te etiquetes. No le pongas nombre a lo que sientes ni a cómo lo sientes. Simplemente SÉ VIDA.

Yo me veo como un vehículo, un recipiente, en el que la VIDA (me) ES. En el que la Vida se está expresando, manifestando, en cada instante. ¿Cómo? Como ES. Sin ningún adjetivo más. Con tristeza, con alegría, con incertidumbre, con inseguridad, con éxtasis, con miedo, con pasión, con lágrimas, con risas.

Si me quedo en las ramas diré que depende de mí lo que sucede, cómo vivo, cómo pienso y cómo siento.

Si voy a lo más profundo a lo que se puede llegar, diré que NADA depende de mí (como personaje). Y desde aquí, simplemente me dedicaré a SER lo que soy en cada momento. A sentir lo que siento. A vivir lo que vivo. Sin pretender alcanzar ningún estado “más” del que Aquí y Ahora tengo y Soy.

Y tú,

¿Eres capaz de RENDIRTE al hecho de que nada depende de ti y que, por lo tanto, no puedes hacer nada para cambiar lo que vaya a suceder y lo que vayas a ser?

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