Reflexiones

LA HONESTIDAD DE SER COMO UNO ES

Me ha costado asumir cómo soy. Me he dado mucha caña cuando no era como mi mente deseaba que fuera. Me he provocado mucho dolor, mucho sufrimiento por sentir, pensar y actuar con honestidad conmigo misma. Por ir contra corriente. Aún hoy en día, creyéndome muy aceptada en comparación con la mayoría, sigue aún la culpa visitándome de vez en cuando.

Ser como uno es implica aceptar esa parte oscura (que no es oscura pero la hemos catalogado así) que también forma parte de nosotros. Implica no ser como lo que dicta la sociedad. Como lo “normal”. Implica una gran valentía y, a menudo, una gran soledad.

Porque sólo los que te aceptan tal y como eres, con todos tus defectos y todas tus virtudes, se quedan a tu lado sin juzgarte, sin querer cambiarte, sin reclamarte lo que no les puedes dar. Y sólo a ellos les eliges para que estén en tu vida. Porque, ¿quién quiere tener cerca a alguien que te está diciendo continuamente cómo tienes que ser y cómo no? ¿Cómo tienes que pensar y cómo no? ¿Cómo tienes que sentir y cómo no?

Yo admito que vivo bastante fuera de lo “habitual”. Que mi libertad es una de mi mayores prioridades. La libertad de hacer lo que me dice el corazón aunque eso signifique tener que decir muchas veces que NO. Soy de esas raras para las que es sagrado pasar tiempo (en mi caso, mucho) consigo misma. De las que se ha acostumbrado a pasar horas, días, sola y que esa soledad elegida no se le caiga encima. De la que NECESITA un espacio amplio para sí que ha ido venerando cada día más.

Y esto, muy poca gente lo entiende. Porque no se suele ver. Porque se suele esconder. Porque se suele callar. Que alguien pueda echar tan poco de menos a las personas que quiere. Que pueda depender tan poco de ellas. Que pueda prescindir de ellas. No queda bien decirlo. Lo habitual es todo lo contrario. Y entiendo que hay apegos que son preciosos. Como el que tiene una madre con su hijo. O como el que tenemos con nuestra pareja. Pero yo, en este momento de mi vida, no soy así. Y no puedo ser de otra manera. No puedo obligarme a sentir de otra manera.

¿Soy excesivamente independiente? No lo sé. ¿Quién pone el baremo?

Me ha costado mucho asumir cómo soy en cada momento. Asumir mi alta sensibilidad. Mi alta empatia. Y las consecuencias relacionales que derivan de ello.

La misma exigencia de “ser según mis creencias” que tenía conmigo, también la proyectaba en los demás. Y les reclamaba que fueran como yo quería que fuesen para así yo no sentir según qué emociones que me despertaba su personalidad.

Poco a poco, a medida que yo me he ido amando, he ido aceptando a los demás. Y cuando digo aceptar no me refiero a ser amiga de todo el mundo ni a amar a todo el mundo. Me refiero a no juzgarles por ser como son.

Muy pocas personas, aparte de mi familia, entran en mi vida de verdad. Sólo aquellas que me sumen. Que me hagan sentir cómoda. Que me sienta como en casa con ellas. Me cuesta sentir ese feeling, esa conexión, con alguien. Pero ya no pretendo ser quien no soy. Ya no me obligo a tener amistades para no sentirme antisocial. O para que no me tachen de ello.

Estoy en una etapa de mucha soledad con la que me siento muy bien acompañada. ¿Me gustaría tener esas amistades? ¡Claro! Pero no a costa de no serme fiel. No a costa de ser deshonesta conmigo misma. No a costa de ponerme una máscara que proyecte quien no soy. No a costa de restar.

Y esto puede sonar muy insano (para los psicoanalistas), pero llegó un momento en que dejé de analizarme tanto porque no me servía para nada y empecé a abrazarme, a respetarme, a amarme.

La paradoja es que para ser quien eres tienes que liberArte de ti.

Ser quien eres en cada momento implica no tenerle miedo a la soledad, al qué dirán, al rechazo, al me abandonarán. Tienes que SABER convivir con todas y cada una de las emociones que existen. Tienes que mirar de frente a tus sombras. Y escucharlas. Y amarlas. Porque también forman parte de ti y siempre lo harán.

Cuando eres amiga de alguien, cuando eres pareja de alguien, debes (si quieres que la relación funcione) amarla, RESPETARLA, tal y como es (y esto no significa que te guste o estés de acuerdo). Y si no es compatible contigo, tomar una decisión. Pero lo que no podemos pretender es que esa persona se vuelva como nosotros deseamos. Como nosotros necesitamos. Porque esa actitud de “obligación” está destinada al fracaso y no tiene nada que ver con el Amor.

No siempre nos enamoramos de la persona que mejor se adapta a nuestra personalidad. Pero ahí radica la fuerza y el poder del Amor, que no es cambiar al otro sino Amarlo sin Condición.

Yo no puedo tener a mi lado, ni como amiga ni como pareja, a una persona que me esté reclamando atención constantemente. Porque a mí me ahoga. Porque si no lo doy, es porque no me sale. Y si no me sale, no lo voy a dar por obligación. Habrá otras personas que este reclamo les encante y que sea recíproco. Así son ellas y así son de perfectas. Pero ni yo puedo cambiarlas en su forma de ser ni ellas a mí.

No hay personalidades mejores ni personalidades peores. No me gustan esas etiquetas, esas sentencias que sólo provocan exclusión. Si alguien no te hace bien, es muy fácil: no estés con esa persona. Y si estás sabiendo cómo es, no la culpes ni te quejes porque es tu LIBRE DECISIÓN estar ahí.

O asumes cómo es ella y cómo eres tú y os amáis así los dos (amistad o pareja) o rompéis la relación. Ninguna opción será un acierto o un error. Será únicamente la que has elegido.

No podemos escoger de quién nos enamorarnos, quién nos atrae, quién nos levanta pasiones, pero sí podemos decidir estar o no con esa persona. Ésa es nuestra Libertad.

De quién te rodeas, quién metes en tu casa, únicamente es tu RESPONSABILIDAD.

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