Reflexiones

¿POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS?

Las campanas siempre doblan por ti. Por mí. Por uno mismo. Nos da la sensación de que la Vida sucede fuera de nosotros, pero si nos paramos un momento, observaremos que somos conscientes de ella por lo que sentimos DENTRO.

Y no me refiero a los 5 sentidos, sino al Sentir del Corazón. A las emociones. A los sentimientos. A eso que nos hace temblar y nos remueve las entrañas.

Hay personas que CREEN que no están viviendo la vida o que estando al borde de la muerte sienten que “no he vivido”. Pero eso sólo es un pensamiento sobre “cómo creo que debería sentirse la vida”. Es una creencia más que surge de nuestros condicionamientos. De lo que nos han dicho que TIENE QUE ser la vida.

Mientras estemos vivos, siempre estamos viviendo

Es una obviedad de la que nos olvidamos. El juzgar CÓMO la estamos viviendo no tiene nada que ver con Vivir. El bien y el mal, el mejor y el peor, el correcto y el incorrecto, son interpretaciones que nuestra mente realiza y que provienen de la educación que hemos tenido, de nuestra cultura, del conocimiento y teorías con las que hemos “amueblado” nuestra cabeza etcétera. Y que suponen un peso enorme sobre nuestras espaldas que tenemos que arrastrar día a día. De ahí tanta espalda jodida y tanta migraña…

Pero esa misma cabeza, cuando nace, es una hoja en blanco. Es SILENCIO. No está vestida de personajes. Eso lo vamos haciendo, inconscientemente, a medida que vamos viviendo.

¿Si estás sufriendo significa que no estás viviendo? ¿Que no hayas viajado y visto mundo significa que no has vivido? ¿Si no has amado nunca es que has estado muerto?

Claro que no. La Vida es simplemente vida. No existe tal cosa como una “buena vida” ni una “mala vida”. Te puedes sentir más o menos satisfecho, pero ni tu termómetro de satisfacción ni el mío tienen el poder de arrebatarle a la Vida su “vida”. Su pureza. Su perfección.

Lo que son impuras son las etiquetas que le colgamos, no sólo a ella sino también a nosotros mismos. Caminamos con la piel repleta de TENGO QUE, DEBO DE. Nos convertimos en un traje de objetivos, de restricciones, de diagnósticos, de identidades, de imperfecciones, de pecados, de mandamientos, de mordazas, de miedos… Y acabamos creyéndonos que ese traje es nuestra verdadera piel. Cuando La Piel está “desnuda de”.

Y queremos convertir ese traje que nos guía en la piel que nos parió. E intentamos por todos los REMEDIOS arreglarlo, sanarlo, curarlo, positivizarlo, mejorarlo, conscienciarlo, perfeccionarlo, iluminarlo, empoderarlo… Pero no funciona. Siempre hay un ‘algo’ que coser, que cambiar, que elevar.

¿Sabes por qué es y será una batalla perdida? Porque un traje jamás se puede convertir en piel, por mucho que lo disfraces de ella. Y eso es lo que la mayoría están pretendiendo hacer, con la frustración, impotencia, rabia, tristeza, vacío, soledad, sufrimiento e infelicidad que ello conlleva.

¿Significa eso que lo que TENGO QUE hacer es ir quitándome poco a poco esas etiquetas, ese traje? ¡No! Estaríamos realizando un traje de no-traje, que vendría a ser lo mismo que el traje que ya llevamos puesto.

Es una cuestión de DARSE CUENTA. De ser consciente del traje con el que nos hemos vestido y de diferenciar lo que es La Piel del Vestido.

El Traje ya está pegado a nosotros. Forma parte de nuestra Humanidad. No nos lo podemos arrebatar. No es posible. Lo que ocurre es que cuando te haces consciente de lo que es el personaje y lo que no, de lo que son las nubes y lo que es el cielo, el traje pierde fuerza. Y ya no te guía tanto como lo hacía antes. Pero NO desaparece como indican muchos o pretende la mayoría.

Y como sabes que es sólo una “paja mental” muy bien elaborada desde que naciste, dejas de intentar transformarla en lo que no se puede transformar. Aceptas que ES LO QUE ES y convives con ella sin reclamarle más de lo que te puede ofrecer.

Dejas de pedirle peras al olmo

Y ahí se acaba la lucha. Y con ella el sufrimiento que proviene de luchar contra todo ese sufrimiento que acarrea el no rendirnos ante nuestra vulnerabilidad, nuestra sensibilidad y nuestra humanidad (ego incluido).

¿Significa eso que desde ese momento ya no sientes tristeza, vacío, enfermedad, soledad, ira, perdición, inseguridad, miedo, dolor…? No. Significa que te abres a SENTIR lo que sea, desde el más absoluto gozo hasta el más absoluto sufrimiento. Porque COMPRENDES que la Vida lo es TODO y que es tu mente con sus condicionamientos la que la juzga como correcta o incorrecta.

Que HOY no sufras y seas supermegafeliz no significa que mañana no vayas a hacerlo (y viceversa). Y cuando vuelvas a sufrir, cuando te vuelva a embargar el vacío y la soledad, los sentirás de igual manera que la primera vez (por muchos talleres, cursos y libros de los que te hayas empapado). Porque no se puede sentir menos soledad de la que sientes cuando la estás sintiendo. Igual que si te rompes la cadera, te dolerá igual tanto si has hecho un curso de “cómo evitar el dolor de cadera” como si no lo has hecho.

Esto también parece obvio y también lo olvidamos.

Lo llaman: no controlamos nada. Y en ese nada también habitan los pensamientos, los sentimientos y las emociones.

Nos creemos que podemos evitar los dolores de la Vida porque somos tan prepotentes que seguimos creyendo que controlamos algo de ella. Queremos esquivarla. Taparla. Anestesiarla. Cambiarle el color. El olor. Y el tiempo.

Que nos creamos Dioses, no significa que lo seamos. Y es la misma Vida la que se encarga de recordárnoslo y de ponernos en nuestro lugar.

Para mí, de ahí surge la verdadera Libertad. La verdadera Paz. De no tenerle miedo a SENTIR, que viene a ser lo mismo que el no tener miedo a Vivir.

Y no es lo mismo no tener miedo a sentir que no sentir miedo

¿Que por quién doblan las campanas? Por ti, cariño. Aunque el muerto sea otro, siempre doblan por ti.

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