Reflexiones

LAS EMOCIONES NO TE QUITAN LA PAZ

No son las emociones las que te quitan la paz sino el rechazo de éstas cuando se presentan. Y el de nuestros pensamientos.

La paz interior no tiene nada que ver con SER de una determinada manera: bondadoso, honrado, sincero, rico, exitoso, delgado, femenina, masculino, sensual, sexual, extrovertido, independiente, guapo, abundante, valiente, famoso… Tiene que ver con la aceptación de ‘quién’ somos en cada momento. De lo que estamos sintiendo en cada momento. Por muy ‘mierdoso’ que lo consideremos (creencia).

(Recuerda que no somos ni lo que sentimos ni lo que pensamos)

Las emociones no te hacen sentir ‘mal’. No te generan ningún conflicto ni lucha interna. Las emociones se sienten y punto. Te agradarán más o menos, pero ya está. Tal como aparecen, se van. Y lo hacen ellas mismas cuando encuentran el espacio necesario para expresarse.

El problema radica, como siempre, en querer ser o sentir lo que no somos.

Lo que no estamos sintiendo. Y este no querer es fruto de todas las creencias que nos han/hemos impuesto inconscientemente. Tiene que ver con esos ‘tendría que’ y ‘debería’ con los que nuestra mente nos mantiene alejados de ese estado de paz, de calma, de tranquilidad, de bienestar, de no preocupación, de rendición total ante lo que la vida nos vive. Ante lo que la Vida nos lleva a manifestar.

Para mí, lo más importante es sentir esa PAZ. Me da igual el dinero, el trabajo, las amistades, las parejas, el sexo, los seguidores, el estado de consciencia, ir a la moda o el corte de pelo. Nada de eso te aporta la Paz a la que yo me refiero. Esos son los ‘objetos’ en los que se escuda nuestra mente para crear el conflicto. Pero la causa no está en ellos sino en identificarnos con la creencia de que sin una cantidad de dinero específica, un trabajo concreto, una cantidad y calidad de amistades, un tipo de pareja, de sexo etc (cada uno con su ‘tiene que’) no seré feliz. No tendré paz.

Y en cuanto no siento-pienso-tengo lo que esas creencias me indican, la paz se va a tomar viento. Y empiezo a LUCHAR por volver a alcanzarla. Para volver a conseguir los requisitos que me imponen mis creencias y así lograr una Paz que jamás se puede sentir en un estado de lucha ni de esfuerzo.

El mundillo espiritual, de crecimiento personal actual (en su mayoría) está en una lucha constante por lograr esa ‘iluminación’, esa sensación de plenitud, de Paz interior. Hay un fondo muy bien disfrazado en el que las emociones son repudiadas (las etiquetadas como negativas). Se dice que tenemos que amarnos tal y como somos, de manera incondicional, que tenemos que aceptarnos, rendirnos, mientras se envía, a la vez, un mensaje subliminal de que HAY QUE SER de cierta manera, tener ciertas virtudes-cualidades, condiciones para poder ser feliz. Para poder estar en paz.

¿Cómo vas a estar en paz contigo misma si continuamente estás deseando ser otra persona y cuando no lo eres, te condenas por ello?

Esa contradicción, que se va a apoderando de ti poco a poco, produce un caos mental que provoca una incoherencia total entre lo que piensas (creencias) y lo que tu corazón siente. Y en consecuencia, también con lo que haces. Hasta que llega un momento en el que explotas, dejas de escuchar a todo el mundo, a todos esos maestros-sabios-gurús que viven en la misma incoherencia que tú, a lo que tu mente te dispara constantemente (motivado por esas creencias que te han sido instauradas) y ‘te dejas en paz’.

Y empiezas a escuchar el Silencio. Ese lugar que está limpio de identidad. De estructura mental.

Y poco a poco, esas creencias (tanto sociales como espirituales-crecimiento personal) con las que te habías infectado, van perdiendo su fuerza y siendo sustituidas por ese Silencio que siempre está Aquí y Ahora. Que es lo que en realidad Somos. Que es donde habita la Verdad y, con ella, la Libertad.

Dejar de creerte TODO lo que te has creído sobre cómo tienes o no tienes que ser o sentir. Para dejar de juzgarte, condenarte, castigarte, rechazarte y cambiarte.

Ésa es la llave para sentir esa Paz, ese Hogar, al que todos anhelamos regresar.

Y poco más.

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