Reflexiones

LA FALSA CREENCIA DE QUE ELEGIMOS

A un nivel muy superficial elegimos. Lo que comemos, las amistades que tenemos, con quién convivimos, con quién nos acostamos, el trabajo, la ropa con la que nos vestimos, el peinado, el color de pelo, las veces que nos duchamos, a quién votamos y si lo hacemos, las veces que practicamos sexo, los cursos que realizamos, las personas a las que seguimos bla bla bla.

Sí, es cierto. Pero para lo IMPORTANTE no somos Libres. No decidimos estar o no enfermos, sentir o no una emoción u otra ni cuándo hacerlo, el enamorarse (ni siquiera de quién), el dejar de hacerlo, los pensamientos que surgen ni su intensidad ni su cantidad ni su calidad bla bla bla.

Puedo elegir entre varios platos, pero no tengo el poder de elegir lo que me gusta. Ese “gusto” me viene dado y cambia cuando se le antoja. Así que es una libertad muy muy relativa la que nos creemos tener. Es tan relativa, tan insignificante, que hasta me da risa decir que “soy libre”.

A esa no-libertad es a la que me rindo yo. Son esas cosas que no están en nuestra mano. En la mano del ser humano.

¿Y quién/qué mueve los hilos, entonces? NO LO SÉ.

Y ante ese no lo sé tengo dos opciones:

  1. Que mi mente empiece a realizar conjeturas y emprenda una búsqueda de una teoría que la mantenga satisfecha para sentir de este modo que sigue siendo la que controla: la única jefa.
  2. Rendirme a mi ignorancia, a mi no saber, a mi limitación como personaje de la película, como ser humano y confiar plenamente en “quien mueve los hilos”, aunque no sepa quién/qué es.

En este momento de mi vida, ELIJO la segunda opción. Elijo no necesitar elegirlo TODO.

Elijo la libertad de aceptar que no soy libre.

Quizás ésa sea mi mayor elección. La más importante. La de soltar el control, el conocimiento, la sabiduría y mantenerme al margen.

Soltar la necesidad de saber para simplemente vivir, sentir lo que suceda, sin cuestionarme nada más. Sin analizar nada más.

El libre albedrío existe para escoger si me pongo una camiseta de color verde o azul. Pero para poco más…

Tenemos muchas limitaciones como Ser Humano. Eso de que somos ilimitados y que podemos lograr todo lo que nos propongamos es una ilusión muy infantil (o una ilimitación muy limitada).

La única cuestión aquí es aceptar hasta dónde llega nuestra libertad.

Y que LO QUE TENGA QUE SER, que sea cuando ‘quien sea’ así lo decida.

Es más, siendo muy honesta, ni siquiera puedo elegir el Aceptar ni el Soltar. También es algo que o se da o no se da.

¿De qué se supone que somos Libres? ¿De cagar en la calle o en el wáter? ¿De comprarme un bolso o un petate?

Insignificante. Muy insignificante esa “nuestra libertad”. Lo cuál te puede traer mucho malestar (por saber que prácticamente nada depende de ti) o, por el contrario, mucha paz (por el mismo motivo).

Pero bueno, ‘lo que te puede traer’ tampoco lo puedes escoger. Así que, ¿qué más da?

Justo en este Instante que estoy escribiendo, me siento libre por no ser libre. Por liberarme del peso de la libertad (con toda la responsabilidad que conlleva y la culpa que pueda generar).

Qué curioso, ¿no?

Moraleja:

No es lo mismo Sentirse libre que SER libre.

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